lunes, 19 de marzo de 2007

Negro.

Apenas puede contener el temblor en sus manos.
Algo en el interior de su cabeza grita de dolor y miedo, es una voz diferente de todas aquellas que suele escuchar, pero por más que lo intenta no puede aislarla para poder escuchar con claridad lo que dice porque un grito aún mayor cubre todo.
Su corazón se acelera, bombea la sangre con tanta fuerza que puede sentir las venas pulsando sobre su piel. Es como si cientos de insectos se abriesen camino por su cuerpo, forzando los estrechos tubos con patas y antenas. Y de fondo el grito, un chillido agudo y firme constante, como de alguien que cae por un precipicio infinito, tendiendo sus manos con el afán de agarrarse a algo en ese vacío, en el que lo único que hay es oscuridad.
Tarda un rato en darse cuenta que la sangre gotea por su nariz. Con manos temblorosas se cubre el labio superior y el espeso líquido las cubre casi de inmediato, su corazón sigue bombeando con tanta fuerza que su nariz parece una manguera impulsada con una bomba, manchando el suelo, la mesa, el monitor y no dejándole apenas pensar.
Y el grito sigue en aumento, mas alto, mas alto, más agudo, pero no hay palabras en las palabras que escucha ni frases en las frases. ¿Porqué puede escucharlo y no entenderlo? ¿Que es lo que le está pasando? ¿Y porqué sigue consciente cuando la sangre cubre el suelo y sigue surgiendo de su nariz con igual fuerza?
'¿Acaso estoy muerto?', se pregunta y no se oye.
Pero no es así, puede levantarse y correr hacia la puerta más cercana. No escucha el sonido de sus pies desnudos contra el suelo, ni el portazo de la puerta que deja tras de si o el ruido de su cuerpo al chocar contra el suelo tras escurrirse al pisar su propia sangre.
Se queda tendido unos segundos, tratando de recuperar la poca cordura que le queda a esas alturas y saborea el líquido que cae de su nariz, su sabor no es de sangre, sabe a leche podrida, setas venenosas y carne corrupta. Sabe a azucar, miel y esperma de demonio.
Escupe con fuerza y se levanta como puede. El líquido no es siquiera rojo, es tan oscuro que carece de color o brillo y parece crecer tras él, consumir la vida.
Entonces el grito es ya tan fuerte que sus tímpanos revientan y es tal el dolor que cae en el duelo de nuevo. El líquido negro empieza a cubrirle y consumirle, mientras sale ya por su boca, oídos y ojos.
Cuando solo queda un trozo de carne visible en su cuerpo, justo donde el sacerdote ungió su frente al bautizarle, siente que su mandíbula se abre de manera antinatural, escucha sin oídos como se parte y abre hasta límites insospechados y puede ver sin ojos como miles de demonios se abren camino a través de él, usurpando su mundo, pasando como si fuera un portal.
Cuando por fin se escucha el silencio puede escuchar esa pequeña voz, un llanto de alguien en algún lugar que sabía que era el fin y que predijo que las puertas del infierno se abrirían por su punto más frágil: el hombre.
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