viernes, 20 de abril de 2007

La figura.





No importaba cuantas veces pusiera la figurilla donde le apetecía, siempre terminaba volviendo a aparecer en el mismo sitio. Era un espantajo de madera arañada y desgastada por el paso de los años, no le había gustado nunca, pero su marido se empeñaba en conservarla al ser un recuerdo al que le tenía mucho apego. Bastante era tener siempre encendida la chimenea, estaban a 40 grados pero el salón era fresco y por la noche se agradecía cuando las temperaturas bajaban, pero esto... no, por esto no pasaba, no lo aguantaba mas.

- Tenemos que hablar-. Le dijo cuando apareció él con una sonrisa por la puerta esa mañana. - Estoy harta de ver la dichosa figura encima de la chimenea, es horrible.

Como otras veces, él intentó explicarle que esa figura era muy importante para él y lo mucho que le gustaba. Pero no era suficiente, por muchas explicaciones que le diera, algo en esa cosa le ponía la carne de gallina, como si tuviese vida.

-Voy a tirarla, me da igual si te enfadas. Si no consientes que la guarde en un cajón, irá a la basura.

Y él cedió.

Dos días después él no se levantó a desayunar. Cuando fue a buscarle preocupada le encontró en la cama tiritando, muy pálido y sudando. Le puso la mano en la frente y para su asombro estaba muy frío, así que le arropó y llamó al médico, pero todo parecía normal. Su estado aparente era peor cada día, él apenas decía palabras coherentes, aunque en ciertos momentos parecía reconocerla y le recordaba lo mucho que la quería. Y que haría cualquier cosa por ella.
La imposibilidad de encontrar una explicación lógica a la enfermedad de su marido la llevó a pensar en la figura. Abrió el cajón donde la había guardado y apartó los trapos que la cubrían. Allí estaba, sucia, horrenda, con esos pelos hechos de paja y esa sonrisa absurda tallada en la madera. Volvió a sentir repulsión, pero la mantuvo en su mano mientras se acercaba a la ventana para verla mejor. Era ligera, y parecía como si algo se moviera en su interior. Un gesto de repulsa se dibujó en la cara de la mujer ¿A qué olía? ¿A carne podrida?
Una idea vino a su mente... ¿La figura podría ser la responsable de la enfermedad de su marido? ¿Acaso estaba embrujada? No, ella no creía en esas cosas, ¿Pero que otra cosa podría ser?
Subió al desvan con la figura en las manos y abrió una vieja caja de su marido, de ella sacó el álbum familiar de fotos y dejó la figura lejos de ella. En las fotos amarillentas parecían posar fantasmas... si, sin duda eran viejos fantasmas, con poses dignas y forzadas, carentes de vida y con miradas frías. Solo la sonrisa mellada de su marido parecía dar vida a esos montajes, abrazado a animales, acompañando a los guías africanos de su padre. Su marido dejó sus tierras allí para venir con ella, dejó todo por amor a pesar de la negativa de sus padres por su estado de salud.
Pero él jamás había enfermado hasta esos días.
Pasó la hoja y vio a su marido con aspecto enfermo. Posaba la familia con gesto triste, su padre, normalmente de gesto severo aparecía muy estropeado, arrugas de cansancio recorrían su frente y la madre tenía bolsas en los ojos, sin duda de llorar. Aunque la sorpresa la dejó un poco patidifusa, no le sorprendió ver la figura allí, tras ellos ¿Cómo no se había fijado antes de ese detalle? Su aspecto era el mismo, sucio, desgastado, enfermizo. Su marido le había contado que había padecido del corazón, pero no le había dicho que ya tenía esa cosa entonces.
En varias fotos mas la vio, siempre acompañando a su marido a lo largo de su crecimiento. Esa ‘cosa’ lo estaba matando. Debía actuar.
Bajó corriendo las escaleras y dejo la figura sobre la chimenea mientras encendía un fuego, estuvo un buen rato avivándolo con determinación. Debía coger temperatura, iba a quemar esa cosa.
- ¿Cariño?- Le llamó su marido. Ella sorprendida se volvió y estaba allí de pie, todavía débil, pero con su sonrisa de siempre. ¿Qué estás haciendo?
- Voy a librarte de tu enfermedad- Y con un gesto decidido arrojó la figura al fuego.
Él no se movió, la miró y sus ojos brillaban mientras un fogonazo anunciaba que la figura ardía como si fuera papel. El cascarón se fundió a tanta velocidad que dejó el contenido al descubierto, un corazón pequeño, el corazón de un niño que latía apresuradamente.
Confundida volvió a mirar a su marido. Las llamas salían de su pecho, ardía de dentro a fuera.
- Era la única manera- Repetía una y otra vez.- No es tu culpa, no podías saberlo.
Y tan rápido como la figura, su marido ardió, quedando apenas un cascarón negro en el suelo.
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