jueves, 26 de julio de 2007

Crudo despertar.

‘¡DESPIERTA CABRÓN!’

El corazón parece querer salirse de mi pecho y apenas puedo moverme. A pesar de saber cual es el motivo de mi brusco despertar no puedo evitar sentir miedo y aunque no me giro porque sé que ahí no hay nada, finalmente busco con los ojos una silueta fantasmal, algo que indique que hay algo físico que puedo golpear, eludir o evitar, pero como esperaba no es así.

Me siento en la cama, me cuesta respirar y aún puedo escuchar los ecos del grito en mi cabeza. Me froto los ojos pensando que quizás así se vaya del todo ese recuerdo, alejo de mi la sensación de que me rodea el odio, la rabia y el dolor, me centro y respiro poco a poco, dejo que fluya a través de mi cuerpo como un torrente toda esa energía y la expulso mientras noto como encajan las vértebras en mi espalda. Finalmente solo queda la tristeza y la soledad pero las expulso también porque no es su lugar y dejarme llevar por la lástima sería una muestra de debilidad. No puedo consentir que se quede ninguno, sin excepción.

Por fin me levanto de la cama y camino un poco. Las piernas me tiemblan aún y no es por miedo, se trata de la coleta del odio que me ha atacado con una descarga eléctrica. Mis pasos me llevan a través de mi adorada oscuridad en la que me muevo con total libertad. De pequeño aprendí a defenderme en ella como lo hacen los invidentes y esquivo los muebles con facilidad, el ataque no ha sido tan fuerte como para hacerme perder la orientación y golpearme con alguna puerta o pared como en otras ocasiones.

El agua depuradora moja mi garganta y me siento mejor. Mi reflejo en el espejo muestra el mismo rostro de siempre, me mira con gesto frío mientras las gotas de sudor caen por sus sienes, se burla de mi y de mi vida pero dejo de mirarlo, lo ignoro y camino de nuevo a la habitación donde mi mujer reposa plácidamente, su respiración rítmica y profunda muestran que está dormida, gracias a Dios no la he despertado. Me siento despacio para no molestarla y me tumbo.

Suelto el aire de mis pulmones y los vuelvo a llenar, me concentro en los músculos de mi pecho y en las pulsaciones de mi corazón y poco a poco noto como mi cuerpo se relaja. Un puñado de arena cae sobre mis ojos y duermo, esta vez será por el resto de la noche y será así por unos días, quizás meses... hasta que vuelvan a encontrarme, quizás solo sean tristes y no note su presencia hasta que se meta en mi uno agresivo, pero si hay algo seguro en mi vida es que encontrarán la manera de llegar de nuevo a mi.
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